Melancolía sentía ayer mientras veía el último capítulo de Lost. Lost ha sido una serie de culto desde sus inicios. Una serie que, en sí misma, ya es un símbolo, la rebelión de Internet frente a la televisión contemporánea. Los fans de Lost han preferido bajarse los capítulos en lugar de esperar a su estreno en televisión. Incluso en Estados Unidos los porcentajes de audiencia han sido bastante discretos y, en cambio, es la serie de televisión más descargada de Internet.
Cuando pienso en Lost trazo un paralelismo con nuestro cerebro, del que dicen que apenas utilizamos un 10%. Por más que veas los episodios o bucees en webs especializadas, por más que interpretes o intuyas lo que va a suceder, la serie consigue desconcertarte yendo un paso más allá, añadiendo nuevos enigmas que logran que acabes tan perdido como sus protagonistas.
Ayer se emitió el último capítulo y hoy escuchaba en la radio que los fans están algo decepcionados con el final de la serie. Y yo me pregunto, ¿acaso importaba el final? si nos paramos a pensar, lo realmente importante no es el desenlace, sino la trama que hemos vivido a lo largo de las seis temporadas. 121 episodios en los que hemos podido ver cómo se tejía una red que relacionaba a todos sus personajes. Hemos presenciado cómo se hilvanaba la vida de cada uno de sus protagonistas, cómo se relacionaban entre sí, antes, durante y después del vuelo 815 de Oceanic. ¿Es importante el final? Pues sí, claro que lo es, pero la grandeza no se esconde en el epílogo sino en los pasajes que han conducido hasta él.
Cuando me explicaron lo que era un McGuffin me encantó. Parece bastante sencillo, se trata de poner un cebo que consigue desviar la atención del espectador del verdadero objetivo. Cuando te das cuenta del error tienes que recular, pero el punto de partida ya ha cambiado. Ni que decir tiene que los guionistas de Lost han conseguido exprimir al máximo este recurso. La trascendencia que puede tener un hecho en un episodio pasa a ser residual para otro argumento. Lo verdaderamente complicado debe ser lograrlo una y otra vez, sin que el intelecto del espectador se sienta maltratado.
Cada capítulo de Lost es un chute de adrenalina que se va diluyendo a lo largo de sus cuarenta y cinco minutos, provocándote un sentimiento de bienestar que se transforma en ansiedad y dependencia en el último minuto. Porque el final de cada episodio logra dejarte con la intriga hasta el siguiente. Afortunados aquellos que no la han seguido on line porque ahora podrán ver cuantos episodios seguidos deseen, sin necesidad de esperar una semana (o varios meses hasta el inicio de la siguiente temporada). Aunque quizás no produzca el mismo efecto. No sé.
Chapeau para J.J. Abrams, creador de la serie y todos los guionistas que han participado en ella. Escuché en una entrevista a J.J. Abrams, que de niño entró en una tienda de magia y quedó prendado de una pequeña caja. Esa caja contenía algo en su interior, mejor dicho, contiene algo en su interior que desconoce, porque jamás la ha abierto. Quizá en esa tienda de magia germinó la idea de Lost. Ya se había creado el misterio, ahora sólo faltaba un inicio trepidante, pongamos un accidente de avión. Teniendo el comienzo y el final, faltaba la inspiración para dar vida a seis temporadas magníficas. ¿Mi teoría? Los guionistas se han basado en cualquiera de los chistes de Arroyito y Pozuelón.
martes, 25 de mayo de 2010
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